
El treinta de abril del año mil novecientos treinta y cinco, en la localidad de Corral, provincia de Valdivia, Chile, el cura párroco don Fernando Reyes cumplió con el ritual cristiano católico de bautizar, poner óleo y crisma a mi madre Blanca Lidia Hernández Pérez, hija de Luis Alberto Hernández Andrade y de Rosa Albertina Pérez Aguilar.

Apenas una semana después del tercer cumpleaños de mi madre, su padre Luis Alberto falleció a causa de una pulmonía. Ante esta circunstacia de la vida, mi abuela Rosa entregó a su hija mayor (para ese entonces mi madre ya tenía una hermanita de meses de edad, Georgina Valeria) al cuidado de una familia amiga de la localidad de Corral, la que le dio acogida, crianza y educación, hasta su adolescencia. Mi abuela se casó con don Pedro Díaz Macías, quien le dio pésimo trato, lo que concluyó con la separación de esta pareja.
Alejada de ese ambiente materno, Blanca Lidia creció en uno de bienestar en lo relativo a las cosas temporales, y de muy buen trato de su madre postiza, la viuda doña Ema Rosa Risco Provoste, no así de la "india Teresa", la sirvienta de la casa, quien le tuvo siempre fobia y se lo hizo sentir reiteradamente.
Alejada de ese ambiente materno, Blanca Lidia creció en uno de bienestar en lo relativo a las cosas temporales, y de muy buen trato de su madre postiza, la viuda doña Ema Rosa Risco Provoste, no así de la "india Teresa", la sirvienta de la casa, quien le tuvo siempre fobia y se lo hizo sentir reiteradamente.

Los recuerdos de infancia de mi madre dicen relación con los juegos, diversión y disgustos infantiles con "Checho", el hijo adoptivo de Lucía Guzmán Risco, con el que recorrían el amplio sitio de la casa en que vivían, que colindaba con un barranco cubierto de espeso follaje, con vista a la bahía; también sus prohibidas excursiones a las ruinas de la fortaleza española "San Sebastián de la Cruz", los juegos con el 'regalón' de la casa, el perro "Duque", y sus viajes a la ciudad de Valdivia, en vapores a través del río.

Después del drástico cambio en la situación financiera de la familia que la acogió, junto con el fallecimiento de su "Mamá Ema", a raíz de un cáncer gástrico, mi madre comenzó un peregrinar que le llevó a vivir en una zona rural en la cerranías de la localidad de Corral, en el Fundo Quitaluto y otro en el sector Chaihuín, de propiedad de la Compañía Altos Hornos de Corral. En la casa patronal del Fundo Quitaluto vivió con el matrimonio conformado por doña Emma Guzmán Risco y su marido don Raúl Niada, quien era el administrador de la propiedad. Un año más tarde esta familia adquirió un bien raíz propio en la ciudad de Valdivia, mudándose mi madre junto con ellos. Pese a los consejos de este matrimonio, a los 15 años de edad, a principios del año 1950, por invitación de su madre Rosa Pérez, y para conocer a su hermana Georgina, Blanca Lidia Hernández Pérez decide irse a residir en el hogar de su madre natural ubicado en el barrio de la estación de ferrocarriles, en el puerto militar y pesquero de Talcahuano, en la bahía de Concepción. Sin compañía alguna realizó el viaje en el tren llamado "El Valdiviano", el que llegó cerca de la medianoche a su destino en el puerto de Talcahuano. En el hogar de su madre debió compartir espacio con otras hijas de ella, hermanastras nacidas de otra relación no matrimonial. Su madre le forzó a buscar empleo, encontrándolo en un almacén de frutos del país de propiedad de un inmigrante español llamado Guillermo Tosso, y que se ubicaba en la zona céntrica del puerto. Este hombre fue un buen patrón, no así la esposa de él, quien le retenía el sueldo a mi madre. El almacén se proveía de productos que el propio Guillermo Tosso se encargaba de comprar a los productores. Mi madre recuerda que el vehículo del señor Tosso, en el cual viajaba a realizar las compras, tenía un nombre: el "Pa'trás pa'delante", un Ford muy antiguo cuyo motor debía hacerse funcionar mediante una manivela.
Debido a la forzada y temprana separación entre mi abuela Rosa Pérez y mi madre, la relación hogareña entre ellas siempre fue distante, provocando desapego y hasta rechazo mutuos, que se perpetuó hasta el presente, aún después del fallecimiento de mi abuela materna. Viviendo en esas circunstancias, mi madre conoció a mi padre Ramón Acuña. Ella lo observó desde la puerta de la casa de mi abuela Rosa, cuando él pasaba abordo de una locomotora a vapor que realizaba maniobras en el sector. Fue un verdadero "flechazo" mutuo. Mi padre era un joven ya maduro, de muy buen parecer: ojos entre verde y azules, cabello castaño claro. Se destacaba desde lejos. por su fisonomía diferente al común de los varones del lugar. Allí comenzó la historia, culminando con el matrimonio de ambos en el mes de marzo del año 1964 en la ciudad de Concepción, capital de la provincia, y dando origen a la familia Acuña Hernández, que fue enriquecida en el transcurso de 13 años con la llegada de cuatro hijos, dos varones y dos mujercitas, a quienes mi madre dedicó y sigue dando su amor y apoyo.